Louise L. Hay

 

Del Libro “Usted Puede Sanar Su Vida” de Louise L. Hay 

Mi historia

«Todos somos uno.»

«¿Quiere contarme brevemente algo de su infancia?» He aquí una pregunta que he formulado a muchísimos clientes, y no porque necesite saber todos los detalles, sino porque quiero tener una visión general de su origen. Si ahora tienen problemas, los modelos mentales que los crearon se inicia­ron hace largo tiempo.

Cuando yo tenía un año y medio, mis padres decidieron divorciarse. No recuerdo que aquello fuese tan malo, pero lo que sí recuerdo con horror es el hecho de que mi madre empezara a trabajar en una casa, haciendo trabajos domésti­cos, y me dejara a cargo de una familia amiga. Según cuen­tan, me pasé tres semanas llorando sin parar, y como las personas que me cuidaban no sabían qué hacer, mi madre tuvo que venir a buscarme y disponer las cosas de otra ma­nera. Hoy admiro de cómo consiguió salir adelante sin res­paldo alguno, pero entonces lo único que sabía, y que me importaba, era que no me prestaba la afectuosa atención a que yo estaba acostumbrada.

Jamás he podido saber si mi madre amaba a mi padrastro, o si simplemente se casó con él para que ella y yo pudiéra­mos tener un hogar. Pero la decisión no fue acertada. Aquel hombre se había criado en Europa, en un hogar muy germá­nico y con mucha brutalidad, y nunca llegó a entender que hubiera otra manera de llevar adelante una familia. Mi ma­dre volvió a quedar embarazada y después, cuando yo tenía cinco años, sobrevino la depresión de 1930 y las dos, junto con mi hermana, nos encontramos confinadas en una casa donde reinaba la violencia.

Para completar el cuadro, fue también por aquella época cuando un vecino, un viejo borracho, me violó. Todavía re­cuerdo con total nitidez el examen médico y el proceso, del que yo, como testigo principal, fui la estrella. Al hombre lo sentenciaron a quince años de prisión, y como a mí me re­pitieron insistentemente que «la culpa era mía», me pasé muchos años temiendo que cuando lo dejaran en libertad vendría a vengarse de mí por haber tenido la maldad de en­viarlo a la cárcel.

La mayor parte de mi niñez la pasé aguantando malos tratos físicos y sexuales, y haciendo además los trabajos más duros. Mi imagen de mí misma se deterioró cada vez más, y no parecía que hubiera muchas cosas que me fueran bien. Por cierto, empecé a expresar esa misma pauta en el mundo exterior.

Cuando estaba en cuarto grado hubo un incidente típico de lo que era mi vida. Un día teníamos una fiesta en la es­cuela, y se sirvieron varios pasteles. La mayoría de los ni­ños, salvo yo, eran de familias de clase media, de posición desahogada. Yo andaba mal vestida, con el pelo mal cortado y unos viejos zapatos negros, y olía a ajo: todos los días te­nía que comer ajo crudo, «por las lombrices». En casa, ja­más comíamos pasteles, porque no podíamos permitírnoslo. Había una anciana vecina que todas las semanas me daba diez centavos, y un dólar el día de mi cumpleaños y en Na­vidad. Los diez centavos iban a engrosar el presupuesto fa­miliar, y con el dólar me compraban ropa interior para todo el año, en las rebajas.

Pues bien, aquel día de la fiesta en la escuela había tantos pasteles que algunos chicos de los que podían comer pastel casi todos los días se sirvieron dos o tres porciones. Cuan­do la maestra llegó finalmente a donde yo estaba (y natural­mente fui la última), ya no quedaba nada, ni una sola por­ción.

Ahora veo claramente que era mi «creencia confirmada» en que yo no servía para nada y no me merecía nada  lo que aquel día me puso al final de la cola y me dejó sin pas­tel. Ése era mi modelo mental, y ellos no hacían más que re­flejar mis creencias.

A los quince años ya no pude seguir soportando los abu­sos sexuales y me escapé de casa y de la escuela. Encontré un trabajo como camarera que me pareció mucho más lleva­dero que todo lo que había tenido que aguantar en casa.

Como estaba ávida de amor y afecto, y mi autoestima no podía ser más baja, de buena gana pagaba con mi cuerpo cualquier bondad que alguien pudiera demostrarme, y ape­nas cumplidos los dieciséis años di a luz una niña. Sentí que era imposible quedarme con ella, pero pude encontrarle un hogar bueno y afectuoso, un matrimonio sin hijos que esta­ba ansioso por tener un bebé. Durante los últimos cuatro meses viví en su casa, y al ingresar en el hospital anoté a la niña a nombre de ellos.

En semejantes circunstancias, jamás disfruté de las ale­grías de la maternidad; de ella sólo conocí la pérdida, la ver­güenza y la culpa. Aquello fue sólo una época de humilla­ción que había que pasar lo más pronto posible. Lo único que recuerdo de la niña son los dedos de los pies, grandes, exactamente iguales a los míos, y estoy segura de que si al­guna vez nos encontrásemos, la reconocería si pudiera vér­selos. La cedí cuando tenía cinco días.

Inmediatamente regresé a casa a decirle a mi madre, que seguía siendo una víctima:

-Vamos, no tienes por qué continuar soportando esto. Yo voy a sacarte de aquí.

Y se vino conmigo, dejando con su padre a mi hermanita de diez años, que siempre había sido la mimada de él.

Después de haberle ayudado a conseguir trabajo como mujer de la limpieza en un hotel pequeño, y de dejarla ins­talada en un apartamento donde estaba segura y cómoda, sentí que ya había cumplido con mis obligaciones y me fui con una amiga a Chicago, con la intención de estar un mes… pero no volví hasta pasados treinta años.

En aquellos primeros tiempos, la violencia de que había sido objeto en mi niñez, unida a la sensación de inutilidad e insignificancia que me había creado, atraían a mi vida hom­bres que me maltrataban e incluso me golpeaban. Podría ha­berme pasado el resto de mi vida execrándolos, y probable­mente hoy seguiría teniendo las mismas experiencias. Sin embargo, poco a poco, gracias a mis actividades laborales po­sitivas, mi autoestima fue en aumento y ese tipo de hombres fue desapareciendo de mi vida. Estaba abandonando mi viejo modelo mental, mi convicción inconsciente de que yo me me­recía esos abusos. No se trata de que justifique su comporta­miento, pero si mi modelo mental no hubiera sido aquél, ellos no se habrían sentido atraídos hacia mí. Ahora, los hombres que abusan de las mujeres ni siquiera se enteran de que yo existo; nuestros modelos mentales respectivos ya no se atraen.

Después de algunos años en Chicago, haciendo labores domésticas, me fui a Nueva York y tuve la suerte de llegar a ser modelo de alta costura. Sin embargo, ni siquiera traba­jar para los grandes diseñadores me ayudó a aumentar en mucho mi autoestima; sólo me dio recursos adicionales para encontrarme defectos. Me negaba a reconocer mi propia be­lleza.

Durante muchos años seguí en la industria de la moda. Conocí a un caballero inglés, encantador y educado, y me casé con él. Viajamos por todo el mundo, conocimos perso­najes importantes, incluso de la realeza, y hasta llegamos a cenar en la Casa Blanca. Yo era modelo y estaba casada con un hombre maravilloso, pero mi autoestima siguió siendo baja hasta años después, cuando inicié el trabajo interior.

Un día, después de catorce años de matrimonio, él me dijo que deseaba casarse con otra, precisamente cuando yo estaba empezando a creer que las cosas buenas podían ser duraderas. Sí, fue un golpe aplastante. Pero el tiempo pasa, y sobreviví. Podía sentir cómo cambiaba mi vida, y una pri­mavera me lo confirmó un numerólogo, diciéndome que un suceso muy pequeño cambiaría mi vida en otoño.

Tan pequeño fue que no lo conocí hasta varios meses des­pués. En forma totalmente casual había ido a una reunión celebrada en la Iglesia de la Ciencia Religiosa, una secta pro­testante, en Nueva York. Su mensaje era nuevo para mí, y una voz interior me dijo que le prestara atención. Así lo hice, y no sólo concurrí a los servicios dominicales, sino que empecé a ir a unas clases semanales que daban. El mundo de la belleza y de la moda estaba perdiendo interés para mí, y me preguntaba durante cuánto tiempo más podía seguir pendiente de mis medidas “corporales o de la forma de mis cejas. Tras haber abandonado la escuela secundaria sin ha­ber estudiado jamás nada, me convertí en una estudiante ávida que devoraba todo lo que me cayera en las manos re­ferente a metafísica y sanación.

Aquella iglesia neoyorquina se convirtió en mi nuevo ho­gar. Aunque en términos generales mi vida no cambió, mis nuevos estudios empezaron a ocuparme cada vez más tiem­po. Tres años más tarde, casi sin haberme dado cuenta, es­taba en condiciones de examinarme para ser uno de los sa­nadores autorizados por mi iglesia. Pasé las pruebas y así fue como empecé, hace muchos años, mi actividad actual.

Fueron comienzos pequeños. Durante aquella época me inicié en la Meditación Trascendental. Como en mi iglesia no iban a darse aquel año los cursos de formación que me interesaban, me decidí a hacer algo más por mí misma y me anoté para estudiar seis meses en la MIL) (Maharishi’s International University), en Fairfield, lowa.

En aquel momento, era el lugar perfecto para mí. Todos los lunes por la mañana empezábamos con un tema nuevo: cosas de las que yo apenas había oído hablar, como biolo­gía, química, incluso la teoría de la relatividad. Todos los sá­bados por la mañana se nos hacía una prueba, el domingo era el día de descanso, y el lunes por la mañana volvíamos a empezar.

Allí no había ninguna de las distracciones tan típicas de mi vida en Nueva York. Después de la cena, todos nos íbamos a nuestras habitaciones a estudiar. Yo era la mayor de todos, y aquello me encantaba. No se permitía fumar, beber ni consumir ninguna droga, y meditábamos cuatro veces al día. Cuando me fui, en el aeropuerto, creí que iba a desma­yarme por el humo de los cigarrillos.

De regreso en Nueva York, reinicié mi vida de siempre. Pronto empecé los cursos de formación de sanadores en mi iglesia, y también participé activamente en sus actividades sociales. Empecé a hablar en las reuniones de mediodía y a tener clientes, de modo que no tardé en verme embarcada en una carrera de dedicación exclusiva. A partir del trabajo que estaba haciendo se me ocurrió la idea de escribir un pe­queño volumen, Heal Your Body (Sane su cuerpo), que em­pezó siendo una simple lista de causas metafísicas de enfer­medades físicas. Comencé a viajar y a dar conferencias y clases.

Entonces, un día, me diagnosticaron un cáncer.

Con mis antecedentes de haber sido violada a los cinco años, y con los malos tratos que había sufrido, no era raro que el cáncer se manifestara en la zona vaginal.

Como cualquiera a quien acaban de decirle que tiene cán­cer fui presa de un pánico total. Sin embargo, después de-todo mi trabajo con los clientes, yo sabía que la curación mental funcionaba, y ahí se me ofreció la ocasión de demos­trármelo a mí misma. Después de todo, yo había escrito un libro sobre los modelos mentales, y sabía que el cáncer es una enfermedad originada por un profundo resentimiento, contenido durante tanto tiempo que, literalmente, va devo­rando el cuerpo. Y yo me había negado a disolver la cólera y el resentimiento que, desde mi niñez albergaba contra «ellos». No había tiempo que perder, tenía muchísimo tra­bajo por delante.

La palabra incurable, tan aterradora para tantas personas, para mí significa que esa dolencia, la que fuere, no se puede curar por medios externos, y que para encontrarle curación debemos ir hacia adentro. Si yo me hacía operar para librarme del cáncer, pero no me liberaba del modelo mental que lo había creado, los médicos no harían otra cosa que seguir cortándole pedazos a Louise hasta que ya no les quedara más Louise para cortar. Y esa idea no me gustaba.

Si me hacía operar para quitarme la formación cancerosa, y además me liberaba del modelo mental que la provocaba, el cáncer no volvería. Si el cáncer (o cualquier otra enferme­dad) vuelve, no creo que sea porque «no lo extirparon del todo», sino más bien porque el paciente no ha cambiado de mentalidad, y se limita a recrear la misma enfermedad, qui­zás en una parte diferente del cuerpo.

Yo creía, además, que si podía liberarme del modelo mental que había creado aquel cáncer, ni siquiera necesitaría la operación. Entonces procuré ganar tiempo, y a regaña­dientes, los médicos me concedieron tres meses más cuando dije que no tenía dinero.

Inmediatamente, asumí la responsabilidad de mi propia curación. Leí e investigué todo lo que pude encontrar so­bre las maneras alternativas de colaborar en mi proceso cu­rativo.

Me fui a vanas tiendas de alimentación naturista y me compré todos los libros que encontré sobre el tema del cán­cer. Acudí a la biblioteca para leer más. Trabé conocimien­to con la reflexoterapia y la terapia del colon, y pensé que ambas me beneficiarían. Parecía que algo me encaminase ha­cia las personas adecuadas. Después de haber leído libros sobre reflexoterapia, decidí buscar a algún experto en el tema. Una noche asistí a una conferencia, y aunque general­mente me siento adelante, esa vez sentí que tenía que que­darme atrás. No había pasado ni un minuto cuando a mi lado se sentó un hombre… que casualmente era un reflexo-terapeuta y visitaba a domicilio. Durante dos meses vino a verme tres veces por semana, y me ayudó muchísimo.

Yo sabía, además, que tenía que amarme mucho más a mí misma. En mi niñez me habían expresado muy poco amor, y nadie me había enseñado que estuviera bien sentirme contenta

conmigo misma. Yo había adoptado aquellas mismas actitudes de estar continuamente pinchándome y criticán­dome, y se habían convertido en mi segunda naturaleza.

Durante mi trabajo había llegado a darme cuenta de que no sólo estaba bien que yo misma me amara y me aprobara: era esencial. Y, sin embargo, seguía postergándolo, como se va dejando estar esa dieta que siempre vamos a empezar ma­ñana. Pero ya no podía postergarlo más. Al principio me costaba muchísimo hacer cosas tales como ponerme frente al espejo y decirme: «Louise, te amo; de verdad que te amo». Sin embargo, al ir persistiendo descubrí que en mi vida se daban varias situaciones en las que antes me habría censurado ásperamente, pero ahora, gracias al ejercicio del espejo, ya no lo hacía. Es decir, estaba progresando.

Entendí que tenía que liberarme de los modelos mentales de resentimiento a que me había venido aferrando desde mi infancia. Era indispensable que dejara de cultivar resenti­mientos.

Sí, yo había tenido una niñez muy difícil y había padeci­do muchos malos tratos, mentales, físicos y sexuales. Pero de eso hacía muchos años, y aquello no era excusa para la forma en que yo misma me trataba en ese momento. Esta­ba, literalmente, devorando mi cuerpo con un crecimiento canceroso porque no había perdonado.

Ya era hora de que dejara atrás aquellos incidentes y de que empezara a entender qué experiencias podían haber lle­vado a mis padres a tratar de aquella manera a una niña.

Con ayuda de un buen terapeuta, expresé toda la vieja có­lera acumulada, aporreando almohadones y aullando de ra­bia. Eso me hizo sentir más limpia. Después empecé a reu­nir fragmentos de los relatos que les había oído contar a mis padres sobre su propia infancia, y a tener una imagen más clara de su vida. Con creciente comprensión, y desde un punto de vista adulto, comencé a sentir compasión por su sufrimiento, y el resentimiento empezó lentamente a disol­verse.

Además me busqué un buen dietista que me ayudara a purificar el cuerpo y a desintoxicarlo de toda la basura que había comido durante años. Aprendí que la mala comida se acumula en el cuerpo y lo intoxica. Y los «malos pensa­mientos» se acumulan y crean condiciones tóxicas en la mente. Me dieron una dieta muy estricta, con muchísimas verduras de hoja y no mucho más. Incluso me hice un tra­tamiento de limpieza de colon tres veces por semana, duran­te el primer mes.

Y aunque no me sometí a ninguna operación, como resul­tado de esa limpieza a fondo, tanto en lo mental como en lo físico, seis meses después del primer diagnóstico conseguí que los médicos rne confirmaran lo que ya yo sabía: ¡Que ya no tenía ni rastros de cáncer! Ahora sabía por experien­cia personal que la enfermedad se puede curar si estamos dispuestos a cambiar nuestra manera de pensar, creer y ac­tuar.

A veces, lo que parece una gran tragedia termina por ser lo mejor que nos ha pasado en la vida. Fue mucho lo que aprendí de aquella experiencia; entre otras cosas, a valorar de otra manera la vida. Empecé a tener en cuenta lo que realmente tenía importancia para mí, y finalmente me deci­dí a abandonar esa ciudad sin árboles que es Nueva York, y sus temperaturas extremas. Algunos de mis clientes me ro­garon insistentemente que me quedara, diciéndome que «se morirían» si yo los dejaba, pero les aseguré que dos ve­ces por año volvería a vigilar sus progresos, y les recordé que por teléfono se puede hablar con cualquier lugar del mundo. De manera que cerré el negocio y me fui tranquila­mente en tren a California, decidida a hacer de Los Ángeles mi punto de partida.

Por más que hubiera nacido allí, muchos años antes, ya no conocía casi a nadie, a no ser mi madre y mi hermana, que vivían en los suburbios. Nunca habíamos sido una fa­milia muy unida ni muy comunicativa, pero aun así, para mí fue una desagradable sorpresa saber que mi madre estaba ciega desde hacía algunos años, sin que nadie se hubiera mo­lestado en decírmelo. Y como mi hermana estaba demasia­do «ocupada» para verme, la dejé en paz y empecé a orga­nizar mi nueva vida.

Mi libro Sane su cuerpo me abrió muchas puertas. Empe­cé a acudir a todas las reuniones de los movimientos de la Nueva Era de que llegaba a enterarme. Me presentaba, y en el momento apropiado les daba un ejemplar del libro. Du­rante los seis primeros meses fui mucho a la playa, porque sabía que cuando estuviera más ocupada me quedaría menos tiempo para esos ratos de ocio. Lentamente, fueron apare­ciendo los clientes. Me pidieron que hablara en distintos lu­gares, y las cosas empezaron a cobrar forma a medida que me iban conociendo en Los Ángeles. Un par de años des­pués pude mudarme a una hermosa casa.

Mi nuevo estilo de vida estaba separado por un abismo de conciencia de lo que había sido mi niñez. De hecho, las co­sas me iban muy bien, y yo pensaba con qué rapidez puede cambiar por completo nuestra vida.

Una noche recibí una llamada telefónica de mi hermana, la primera en dos años. Me dijo que nuestra madre, ya de noventa años, ciega y casi sorda, se había caído y se había roto la espalda. En un momento, mi madre pasaba de ser una mujer fuerte e independiente a convertirse en una niña desvalida y sufriente.

Al romperse ella la espalda, también se rompió la muralla de incomunicación que rodeaba a mi hermana. Finalmente, empezábamos a establecer contacto. Descubrí que también mi hermana tenía un problema grave en la espalda, que le molestaba para andar y para estar sentada, y que era muy doloroso. Ella lo sufría en silencio, y aunque parecía anoréxica, su marido no sabía que estuviera enferma.

Tras haber pasado un mes en el hospital, mi madre esta­ba en condiciones de volver a casa, pero como no podía cui­darse sola, se vino a vivir conmigo.

Por más que confiara en el proceso de la vida, yo no sabía cómo arreglármelas con todo aquello, de manera que me dirigí a Dios: «Está bien, me ocuparé de ella, pero Tú ten­drás que ayudarme, y ocuparte de que no me falte dinero».

Para las dos fue un esfuerzo de adaptación. Ella llegó un sábado, y al viernes siguiente yo tenía que ir cuatro días a San Francisco. No podía dejarla sola, pero tenía que ir. Me dirigí a Dios de nuevo: «Ocúpate Tú de esto. Antes de irme tengo que tener la persona adecuada para ayudarme».

El jueves había «aparecido» la persona perfecta, que se mudó a casa para organizarlo todo. Era otra confirmación de una de mis creencias básicas: «Cualquier cosa que nece­site saber me es revelada, y todo lo que necesito me llega de acuerdo con el correcto orden divino».

Me di cuenta de que estaba otra vez en un momento ade­cuado para aprender. Se me daba una oportunidad de des­hacerme de un montón de residuos de mi niñez.

Mi madre no había sido capaz de protegerme cuando yo era niña, pero ahora yo podía, y quería, cuidar de ella. En­tre mi madre y mi hermana se inició para mí una nueva aventura.

Dar a mi hermana la ayuda que me pedía significó tam­bién un reto. Me enteré de que muchos años atrás, cuando yo fui a rescatar a mi madre, mi padrastro volcó su furia y su dolor sobre mi hermana, y entonces le tocó a ella sopor­tar sus brutalidades.

Me di cuenta de que lo que había empezado siendo un problema físico estaba sumamente exagerado por el miedo y la tensión, además de la convicción de que nadie podría ayudarla. De manera que ahí estaba Louise, que no que­ría actuar como salvadora, pero sí dar a su hermana una oportunidad de decidirse a estar bien, a esa altura de su vida.

Lentamente se empezó a desenmarañar la madeja, y en eso seguimos. Vamos progresando paso a paso, y yo me es­fuerzo por ofrecerles un clima de segundad mientras segui­mos explorando diversas vías de curación alternativas.

Mi madre, por su parte, reacciona muy bien. Hace ejercicios, lo mejor que puede, cuatro veces al día, y está cada vez más fuerte y más flexible. Le encargué un audífono, y ahora se muestra más interesada en la vida. También con­seguí convencerla de que se operase las cataratas de un ojo, y ¡qué júbilo fue para ella volver a ver, y para nosotras po­der ver de nuevo el mundo con sus ojos! Y se siente feliz de ser nuevamente capaz de leer.

Mi madre y yo hemos empezado a encontrar tiempo para sentarnos a charlar juntas como nunca lo habíamos hecho. Entre nosotras hay un entendimiento nuevo, y hoy las dos somos más libres de reír, llorar y abrazarnos. A veces me irrita, pero sé que eso sólo significa que todavía me quedan limpiezas por hacer.

Mi trabajo sigue abriéndome horizontes. Ahora, con la ayuda de Charlie Gehrke, un gran colaborador y amigo, he abierto un centro donde se dan clases y cursos.

Y así es mi vida en el otoño de 1984.

Y AQUÍ UNA MARAVILLOSA IMAGEN DE LOUISE L. HAY…  QUE EL 

8 DE OCTUBRE CUMPLIÓ 89 AÑOS

Louise Hay - 88 Cumpleaños - 8 de Octubre 2014

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